8. ¿POR QUÉ JESÚS HABLABA EN PARÁBOLAS? ¿QUERÍA
EXPLICAR O ESCONDER?
Parece que las parábolas no eran tan claras ni tan
sencillas como demasiadas veces pensamos. Serían -nos decimos- una
forma de explicar evidente y clara en sí misma que adapta el mensaje
a los más simples. Sin embargo, en los mismos evangelios nos
encontramos huellas de la dificultad que tienen para ser
comprendidas. Muchos no entienden, otros las rechazan al ver en ellas
mensajes subliminares, e incluso los mismos discípulos parecen
necesitar una explicación en privado (Mc 4,10). En ellas nos
acercamos a la forma más característica de hablar de Jesús que,
como su misma vida, parecen esconder un misterio que sólo se le
entrega a quien sabe mirar con ojos nuevos confiándose a él.
Lo primero que habría que decir es que se trata de un
género literario que hace entrar en la realidad por caminos
inusuales, que revela que existen realidades que, sin embargo, no se
pueden apreciar con la forma de mirar que tiene el hombre y la mujer
en su vida cotidiana. No hablan, por tanto, de realidades extrañas,
pero lo hacen de tal manera que produce sorpresa al descubrir un
camino nuevo de llegar a donde ya se está y ver todo de otra manera.
Las parábolas intentan, por tanto, que nos re-descubramos y nos
re-conozcamos a través de episodios cotidianos presentados en una
forma nueva.
Ahora bien, nuestra forma de mirar, pensar, entender...
depende de nuestra forma de vivir y tiende a justificarla, por eso
decimos que no sólo vivimos como pensamos, sino que sobre todo
pensamos como vivimos (individual y socialmente). Por eso, cambiar la
forma de mirar supone poner en tela de juicio la forma de vivir.
Quien escucha las parábolas de Jesús y cree saber ya cómo, cuándo
y por dónde viene Dios, o cómo es y cómo reacciona, se sentirá
sorprendido y urgido a cambiar no sólo de pensamiento, sino también
de forma de vivir. Bastaría, por ejemplo, citar las parábolas del
hijo pródigo (Lc 15,11-32), del buen samaritano (Lc 10,25-37) y la
de los trabajadores contratados a diversas horas (Mt 20,1-10).
Las parábolas describen el mundo tal y como lo ve y lo
vive Jesús mismo, hablan de su íntima experiencia de Dios y, desde
ella, del mundo. Por eso las parábolas sólo se entienden desde las
acciones de Jesús y éstas se comprenden desde aquellas. En este
sentido, Jesús no sólo explica cómo es Dios, sino que invita a
entrar en una nueva forma de existencia que posibilita percibir el
misterio escondido de su actuación y su presencia eterna y a la vez
nueva, que posibilita ver cómo se va renovando el mundo y cómo Dios
ejerce su soberanía en él. Valga remitir a las parábolas del trigo
y la cizaña (Mt 13,24-30) o de la levadura en la masa (Mt 13,31-33).
Por eso, las parábolas son comprendidas
fundamentalmente por los sencillos, no por los simples ni tampoco por
los entendidos. Es decir, por los que están abiertos a lo nuevo, por
los que dejan a Dios ser Dios más allá de sus ideas previas, por
los que de la mano de Jesús saben acoger la novedad del Reino de
Dios y no intentan reducirlo a sus estrechas formas de pensar y
vivir, aquellos que se dejan hacer por Dios.
Pero, ¿de qué hablan las parábolas? Sería necesario
leerlas; baste decir a modo de síntesis que hablan del Reino de Dios
en cuanto éste está activo ya en el mundo, de su presencia y de sus
dinamismos de acción. Hablan de la soberanía de Dios como aquella
pequeña semilla ya sembrada, escondida y fecunda, que da fruto más
allá de su aparente pérdida en este terreno tan improductivo que es
la historia humana. Una fecundidad capaz de hacer de una pequeña
semilla un hogar para una multitud de pájaros de todas clases...
También hablan de la misericordia de un padre que rehabilita a su
hijo contra los dictados de la justicia cotidiana, con una justicia
de amor sobreabundante, un Dios que se hace extranjero pudiendo
habitar en los corazones que parecían no aptos como los de los
samaritanos, o de la locura de un Dios pastor que no soporta la
pérdida de una de sus ovejas y parece abandonar las otras para
buscarla...
No basta, por tanto, escuchar para entender, dejarse
llevar, abrirse a lo nuevo. Será necesario igualmente confiar en las
acciones de Jesús, extrañas, provocativas, sorprendentes..., que,
sin embargo, hacen intuir a los sencillos de corazón la buena
noticia esperada. Veremos más adelante cuáles son estas acciones.
Aparece claro entonces que la comprensión de las parábolas exige la
fe en Jesús y no sólo en Dios, exige creer que su palabra da acceso
al misterio de gracia de Dios que ahora se abre para el que tenga
ojos para ver, para el que tenga un corazón limpio para escuchar y
una voluntad firme para decidirse por ella.
(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García
Martínez. CCS)
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