viernes, 11 de enero de 2019

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 4


4. ¿DÓNDE Y CUÁNDO VIVIÓ JESÚS?

Jesús vivió bajo la ley política del imperio romano en tiempos delos emperadores Octavio Augusto y de Tiberio en plena 'pax romana'. Pasó la mayos parte de su vida en la región de Galilea, en los márgenes insignificantes de este Imperio. Se trataba de una región fértil con una población fundamentalmente rural, aunque la renovación urbanística que realizó Herodes Antipas, rey de Galilea, durante la mayor parte de la vida de Jesús, de algunas ciudades como Séforis o Tiberiades, hizo que una parte de la población pudiera haber tenido tareas no relacionadas directamente con la agricultura. Por otra parte, algunos pueblos y ciudades de la costa del mar de Galilea, como Magdala o Cafarnaún, poseían una actividad pesquera y de salazón importante. Jesús, por tanto, se movió entre gente muy heterogénea en razón de las distintas actividades que les ocupaban. Por otra parte, aunque la población era mayoritariamente judía, sus fronteras con poblaciones extranjeras y la antigua ocupación de esa tierra por hombres venidos de otros pueblos hacía que hubiera una presencia pagana significativa, quizá no tan numerosa como da a entender el calificativo de Galilea de los gentiles, nacido en otros momentos de su historia.
Se trataba de una población con una fuerte conciencia religiosa que dio origen a varios movimientos de resistencia y liberación político-religiosa a lo largo de los años en torno a la vida de Jesús. Sin embargo, los movimientos fariseos o de la aristocracia sacerdotal no tenían una especial relevancia en esa zona, pues su influencia radicaba sobre todo en Judea, principalmente en Jerusalén. Junto con la transmisión familiar de la fe, las sinagogas, en las que se leía la Ley y se discutía sobre ella, eran los espacios fundamentales de la configuración socio-religiosa del pueblo.
Como todo el perímetro mediterráneo, Palestina estaba controlada por la política romana que ofrecía un orden social básico permitiendo un desarrollo socio-económico importante y una vida social sin especiales violencias, a no ser las que aplicaba con mano de hierro el poder para mantener la dominación. Se trataba, por tanto, de una paz que se pagaba con gravosos impuestos y al precio del sometimiento radical. No obstante la vida religiosa judía podía desarrollarse sin apenas problemas.
Jesús desarrolló su actividad de forma itinerante, desplazándose por las aldeas y ciudades de Galilea y utilizando algunas cosas de simpatizantes como centros de su misión. Cafarnaún parece haber tenido una especial relevancia en este sentido. Su actividad podría haber durado un año, el 27 o el 28 (después de Cristo, claro está) según el actual cómputo de la historia, aunque algunos datos indicarían un ministerio más largo de unos dos o tres años. En este momento tendría unos 30 años, sin que podamos precisar exactamente su edad. Después de unos meses en esta zona y de alguna visita a territorio pagano, se dirigió hacia Jerusalén, centro simbólico de la identidad judía, para culminar su misión ofreciendo el Reino allí donde Dios mismo había prometido convocar finalmente al pueblo para hacerle partícipe de la victoria de su manifestación final. Algunas ciudades de sus alrededores como Betania o Efraín le sirvieron de base misionera en esta etapa. Es posible que subidas previas de Jesús al desierto de Judea para retirarse en oración, o a Jerusalén para celebrar la Pascua, hubieran dejado conocidos que después le habrían servido de apoyo en su misión.
Su muerte se produjo a la misma velocidad que su vida pública, cuando su actividad en Jerusalén se hizo más relevante y, por tanto, provocadora. Algunos han calculado que habría muerto el viernes 7 de abril del año 30, justo antes de Pascua.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 5



5. ¿ALGUIEN ESPERABA A JESÚS?

Jesús nace en un pueblo que cree firmemente que Dios guía la historia y que lo hace para dar a sus elegidos una tierra donde puedan vivir sin carencias ni amenazas, en armonía y paz. Este espacio de vida está descrito en los textos del AT con muchos símbolos, entre los cuales 'tierra prometida, nueva Jerusalén, cielos nuevos y tierra nueva, reinado de Dios' son especialmente relevantes. Dios llevará al pueblo -lo ha prometido- a una tierra nueva que aún no existe y que está definida por las bendiciones del cielo.
Además, el pueblo de Israel ha experimentado cómo Dios le conduce a través de hombres que dirigen, protegen y orientan al pueblo: de Moisés a los reyes, de los jueces a los profetas, de los sacerdotes a los sabios un amplio grupo de hombres han sido elegidos para representar de múltiples formas el pastoreo de Dios mismo sobre el pueblo. Sin embargo, la fe del pueblo ha aprendido, a golpe de malas experiencias, que sólo Dios es un pastor bueno y justo, sin sombra de intenciones ambiguas (Salmo 23). Si sus elegidos podían guiar un trecho del camino hacia esa nueva tierra, nunca se llegaba finalmente y algunos de ellos traicionaban visiblemente su misión (Ez 34). El peso de la vida con sus sufrimientos, injusticias y violencias... y la habitual amarga frustración frente a los líderes, había creado en el pueblo una expectativa más amplia: la esperanza de una presencia de Dios mismo como guía del pueblo o de un nuevo pastor fiel a su palabra y compasivo con los pequeños (Salmo 72); la esperanza de una vida en la que ni el llanto ni la muerte tuvieran poder, donde todo enemigo del pueblo y de la paz fuera desarmado y vencido (Is 9,1-6). Esto es lo que se ha venido a llamar esperanza mesiánica, que se expresa en los textos bíblicos de muchas formas y que vivía en la mente de los contemporáneos de Jesús con unos contornos más o menos definidos y con más o menos fuerza según grupos.
Lo que sí parecía claro es que Dios actuaría con fuerza, como Señor y rey soberano que somete a toda realidad contraria para traer la paz. Humillaría a sus enemigos -los enemigos del pueblo-, vengaría las injusticias cometidas con los pobres y daría a los suyos un corazón nuevo donde su ley naciera sin oposición, haciéndose una con la misma vida del hombre, resistente a los engaños del pecado (Jr 31, 31-34). Algunos, en los años anteriores y posteriores a los que Jesús saliera a la luz pública, habían dicho: 'ya está aquí, seguidme', y habían amotinado al pueblo contra los ocupadores romanos, pero su fracaso manifestará que no era en ellos donde nacía la esperada soberanía de Dios. Otros, como Juan el Bautista, invitaban a prepararse con urgencia, pues era inminente la llegada del juicio transformador de Dios. Otros, como las comunidades esenias de Qumrán, se retiraban de la sociedad establecida para crear ese mundo nuevo y ofrecerse como espacio donde Dios pudiera habitar, ya que su pueblo y su templo se habían hecho indignos de Él.
En este ambiente apareció Jesús. 'Discreto' en un principio como quien surge del mundo cotidiano e irrelevante de la gente común, 'exuberante' como heraldo que convoca a todos en las plazas de los pueblos y en lo alto de los montes para recomenzar esta vieja historia ahora bajo la soberanía recreadora de Dios.
¿Era Jesús el Mesías al que esperaba el pueblo de Israel? Si se responde que sí hay que añadir que lo esperaban en otra forma, tan distinto que mayoritariamente no lo reconocieron. Si se dice que no hay que añadir que en él se daba respuesta a los anhelos profundos que habitaban las experiencias mesiánicas tal y como alguno descubrieron. El mismo Jesús, que dejó que lo consideraran Mesías, parecía, sin embargo, contradecir las expectativas. Sus discípulos irían descubriendo que lo que anhelaba su corazón estaba envuelto en miedos y prejuicios, y que sólo Jesús sabía revelarlo verdaderamente. Irían descubriendo que los deseos primeros de los hombres son demasiado estrechos de miras y viven de la pequeñez y la angostura del corazón humano. Irían descubriendo que sólo dejándose guiar por Jesús reconocían el mundo nuevo y gozoso que esperaban de Dios, su reinado de verdad y vida (Jn 6, 67-69).
De esta manera, muchos que creyeron al principio que Jesús era el Mesías, lo abandonaron a mitad de camino cuando no actuó según sus expectativas mesiánicas. Sólo algunos que resistieron, con la fascinación y las dudas luchando en su corazón, descubrieron que la presencia de Dios es más grande que lo que nos imaginamos aun cuando se presenta por caminos tan pequeños que ni siquiera parecen dignos de un simple buen judío.
Hoy mismo siempre esperamos a Dios y desearíamos a Jesús según nuestra lógica y deseos, pero éstos también deben dejarse vencer para que descubran la fuente que los alienta de fondo. También hoy existen mesías y mesianismos que dicen 'venid, soy yo', pero la prueba de fuego para todos es, como veremos, no sólo si saben vivir para crear vida, sino si saben morir dando vida. He aquí lo que resultó escandaloso finalmente: un Mesías crucificado. Pero de esto habremos de hablar más adelante.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 6


6. ¿QUÉ HIZO JESÚS CUANDO NO HIZO NADA QUE SEPAMOS?

Realmente sabemos muy poco -casi nada- de la vida de Jesús antes de que iniciara su actividad pública. Ni siquiera de la primera infancia, de la que poseemos los relatos de Mateo y Lucas, podemos decir mucho. Estos relatos son fundamentalmente una forma narrativa de adelantar lo que iba a ser Jesús y sintetizar, a modo de prólogo, su vida entera. Algo así como la obertura de una zarzuela que se compone de pequeños retazos de lo que van a ser las melodías principales de la obra. En ellos se mezclan datos posiblemente históricos con una lectura del misterio de Jesús de su vida, de su muerte y de su resurrección a la luz del AT.
Más fiables históricamente parecen las referencias indirectas a esta etapa que encontramos en su ministerio público. A partir de ellas podemos decir que vivió en una familia amplia y bien integrado socialmente, que la ciudad donde pasó la mayor parte de su vida fue Nazaret, en la que era conocido aunque sin poseer especial relevancia (Mc 6, 1-3). También que trabajó como obrero manual aunque no sabemos si por cuenta propia o como contratado. Sabemos que por esos años de vida oculta, el crecimiento de algunas ciudades circundantes, como por ejemplo Séforis, fue especialmente significativo y podría ser probable que hubiera trabajado no sólo en su ciudad sino también en estas otras. Si esto es así, habría tenido un domicilio fijo sólo relativamente. Pese a mostrar una sensibilidad especial para la contemplación de los ritmos de la naturaleza, como se observa en sus parábolas, no parece que haya trabajado ni como agricultor o ganadero ni como pescador. Su formación es importante, ya que podrá discutir en sinagogas o espacios públicos con los maestros de la ley, fariseos y saduceos, a su misma altura. Es posible que hubiera frecuentado ámbitos de renovación espiritual, tanto locales como más amplios, en especial el movimiento en torno a Juan el Bautista. Lo dicho lo sitúa, por tanto, como un hombre más entre los suyos.
Si ahora preguntáramos a partir de la actividad que desarrolló después de su bautismo y nos fijáramos en la experiencia religiosa personal que deja entrever en su actividad podríamos decir que Jesús durante su vida oculta se dedicó a dejar que Dios mismo habitara y configurara su humanidad hasta hacerla cuerpo suyo. Durante mucho tiempo, en la Iglesia hemos pensado que la humanidad de Jesús era una especie de superabundancia habitada por el poder y la sabiduría de su divinidad, de tal manera que todo lo sabría y lo podría en cada uno de los momentos de su vida histórica, aunque escondiera estas cualidades por simple humildad o táctica. Sin embargo, Jesús fue verdaderamente hombre y tuvo que aprender a vivir su humanidad para hacerla como Dios quería. Esto lleva tiempo, ya que el hombre es un ser histórico. No se trata de pasar de una mala humanidad (defectuosa, pecadora) a una buena, sino de construir una humanidad que pudiera transparentar la presencia de Dios. Esto supone que hubo de ir configurando la sensibilidad la forma de pensar, la forma de mirar, la forma de actuar... al contacto con la realidad del mundo que poco a poco le salía al encuentro en su vida temporal. Esto es lo que hizo Jesús en su vida oculta: dejarse modelar por la presencia divina en él, mientras su humanidad se iba formando al contacto con la vida cotidiana. Así es como posteriormente en la vida pública podrá aparecer su mirada como mirada de Dios, sus pasos como pasos de Dios por este mundo, sus gestos como mano tendida de Dios mismo, sus sentimientos como tristeza o alegría, compasión o cólera de Dios... y su humanidad entera como espacio de encuentro del hombre con Dios.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 7


7. ¿CÓMO Y DÓNDE INICIÓ JESÚS SU ACTIVIDAD PÚBLICA?

Parece que Jesús inició su andadura pública en entorno de Juan el Bautista, así lo afirman los cuatro evangelios. Éste se había retirado al desierto para anunciar la llegada del Reino de Dios, de su soberanía final sobre todos los poderes. Por tanto de su juicio último, y ofrecía a los israelitas la última oportunidad de convertirse antes de que éste se hiciera presente. Dios tenía que culminar la obra que había puesto en marcha al crear el mundo y elegir un pueblo, debía revelar lo escondido a los corazones, hacer justicia a los oprimidos, aniquilar el poder del mal y echar al fuego la cizaña de la historia. Ahora los israelitas estaban convocados por Juan a reconocer la verdad de su pecado y arrepentirse. Tenían todavía un tiempo de gracia otorgado por Dios para renovar su fe y su vida. El signo de esta conversión era el bautismo, al que se entregaban de manos de Juan. Después sólo quedaría la soberanía de Dios, que no admite el pecado en su presencia.
Jesús participa de este ambiente de espera inminente del Reino de Dios. Se sitúa entre todos aquellos que saben reconocer su pecado y entran en el agua del perdón como signo de que Dios debe purificarles y hacer de ellos hombres nuevos (Salmo 51). A los primeros cristianos les costará comprender esto. ¿Por qué -se preguntarán- el Justo, el Señor, el Hijo participó en este rito de purificación? ¿Acaso lo necesitaba? Tendrán que aprender a mirar desde el final de su vida y reconocer cómo Jesús, el Justo, asumió en su mismo cuerpo el peso de la historia de pecado para acompañarnos y guiarnos desde ella, incluso si suponía ser considerado pecador él mismo. Tendrá que reconocer que el Cristo de Dios no repudiaba mezclarse con los pecadores para hacerles sentir la misericordia de Dios. Tendrán que descubrir que el Hijo entró en los infiernos de la condición humana para buscarnos, 'pasando por uno de tantos', rebajándose para mostrar que Dios nunca estará ya lejano.
En un determinado momento, sin embargo, Jesús dio un giro y comenzó a predicar, con una pasión y autoridad inusitada que este Reino alboreaba, que estaba a las puertas, que ya asomaba y que se le podía percibir en pequeños brotes de vida aparecían en sus propias acciones. Alzó la voz y dijo: 'El Reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el Evangelio' (Mc 1,14-15). Evangelio, buena noticia; pero, ¿cuál era la buena nueva?, ¿no habría más bien que tener miedo del juicio que llegaba? ¿Por qué era una buena noticia si pillaba a casi todos a pie cambiado, sin todavía una vida suficientemente justa? Jesús no se dirigirá sólo a los que ya estaban preparados, sino a todos. Quería congregar a todo el pueblo recogiendo especialmente a las ovejas perdidas de Israel, a los pecadores. Porque el Reino que llegaba con él no traía exclusivamente una sentencia sobre la realidad tal cual era, sino más bien la fuerza para renovar el mundo, para convertir a los pecadores y sanar a los enfermos. El Reino de Dios coincidía con una acción de Dios que no era única ni principalmente punitiva, sino, sobre todo, recreadora, que ponía las condiciones para que el hombre pudiera ser lo que Dios siempre quiso que fuera, aquel que participa de su gloria.
Jesús realizó el anuncio del Reino con obras y palabras a lo largo y ancho de los pueblos y aldeas de Galilea, sobre todo en los alrededores del lago de Genesaret. Lo central de su anuncio era la posibilidad concreta de participar de manera gratuita en ese Reino que asomaba en él. No se podía ganar el Reino, había que acogerlo como un niño (Mc 10,15), era un espacio abierto por Dios mismo en medio de la historia a través de las acciones de Jesús.
Este Reino quedaba definido en Jesús por su apertura máxima: cambian los justos y los pecadores, cambian los integrados socialmente y los marginados, cambian los sabios y los no entendidos... pero siempre y sólo si aceptaban que era la misericordia de Dios la que los reunía en una fraternidad nueva alrededor de Jesús. Aparecía así el juicio de Dios, pero en una forma inesperada. Juicio de misericordia porque Dios conoce hasta qué punto el hombre está esclavo del pecado y de su fragilidad. Aparece un juicio que se realiza sobre todo contra la soberbia de aquellos que no querían reconocer que sólo Dios puede dar la salvación y que puede darla con una gratuidad renovadora. Que juzga sobre lo que divide y separa a los hombres condenándolo, porque no quiere que se pierda nadie y busca que todos se reúnan en fraternidad alrededor de su mesa. Se trata de un juicio que sin justificar el mal, buscaba desarmarlo por sobreexceso de bondad.
Ésta es la característica del Reino que Jesús anuncia. Otros habían hablado también del Reino de Dios, pero Jesús abre sus puertas con una justicia nueva que deja espacio a todos, y este 'todos' significa en el que hay espacio para los que de antemano estaban excluidos. Con su misma presencia, en sus mismas acciones y palabras, daba a luz en la historia este Reino-niño que quería crecer ensanchando el cuerpo de la familia humana con la acogida y reconciliación de todos.
Sinagogas, casas particulares, espacios abiertos (plazas, descampados, embarcaderos...) serán los lugares de su convocatoria, anuncio y actuación. Jesús enseña a mirar con ojos nuevos, a sentir con un nuevo corazón, a pensar con una mente renovada, a confiar más allá de las justicias humanas. Y esto porque Dios ha decidido (según su misterio insondable) que ahora es el tiempo de la gracia (Lc 4, 16-21).

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 8


8. ¿POR QUÉ JESÚS HABLABA EN PARÁBOLAS? ¿QUERÍA EXPLICAR O ESCONDER?

Parece que las parábolas no eran tan claras ni tan sencillas como demasiadas veces pensamos. Serían -nos decimos- una forma de explicar evidente y clara en sí misma que adapta el mensaje a los más simples. Sin embargo, en los mismos evangelios nos encontramos huellas de la dificultad que tienen para ser comprendidas. Muchos no entienden, otros las rechazan al ver en ellas mensajes subliminares, e incluso los mismos discípulos parecen necesitar una explicación en privado (Mc 4,10). En ellas nos acercamos a la forma más característica de hablar de Jesús que, como su misma vida, parecen esconder un misterio que sólo se le entrega a quien sabe mirar con ojos nuevos confiándose a él.
Lo primero que habría que decir es que se trata de un género literario que hace entrar en la realidad por caminos inusuales, que revela que existen realidades que, sin embargo, no se pueden apreciar con la forma de mirar que tiene el hombre y la mujer en su vida cotidiana. No hablan, por tanto, de realidades extrañas, pero lo hacen de tal manera que produce sorpresa al descubrir un camino nuevo de llegar a donde ya se está y ver todo de otra manera. Las parábolas intentan, por tanto, que nos re-descubramos y nos re-conozcamos a través de episodios cotidianos presentados en una forma nueva.
Ahora bien, nuestra forma de mirar, pensar, entender... depende de nuestra forma de vivir y tiende a justificarla, por eso decimos que no sólo vivimos como pensamos, sino que sobre todo pensamos como vivimos (individual y socialmente). Por eso, cambiar la forma de mirar supone poner en tela de juicio la forma de vivir. Quien escucha las parábolas de Jesús y cree saber ya cómo, cuándo y por dónde viene Dios, o cómo es y cómo reacciona, se sentirá sorprendido y urgido a cambiar no sólo de pensamiento, sino también de forma de vivir. Bastaría, por ejemplo, citar las parábolas del hijo pródigo (Lc 15,11-32), del buen samaritano (Lc 10,25-37) y la de los trabajadores contratados a diversas horas (Mt 20,1-10).
Las parábolas describen el mundo tal y como lo ve y lo vive Jesús mismo, hablan de su íntima experiencia de Dios y, desde ella, del mundo. Por eso las parábolas sólo se entienden desde las acciones de Jesús y éstas se comprenden desde aquellas. En este sentido, Jesús no sólo explica cómo es Dios, sino que invita a entrar en una nueva forma de existencia que posibilita percibir el misterio escondido de su actuación y su presencia eterna y a la vez nueva, que posibilita ver cómo se va renovando el mundo y cómo Dios ejerce su soberanía en él. Valga remitir a las parábolas del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30) o de la levadura en la masa (Mt 13,31-33).
Por eso, las parábolas son comprendidas fundamentalmente por los sencillos, no por los simples ni tampoco por los entendidos. Es decir, por los que están abiertos a lo nuevo, por los que dejan a Dios ser Dios más allá de sus ideas previas, por los que de la mano de Jesús saben acoger la novedad del Reino de Dios y no intentan reducirlo a sus estrechas formas de pensar y vivir, aquellos que se dejan hacer por Dios.
Pero, ¿de qué hablan las parábolas? Sería necesario leerlas; baste decir a modo de síntesis que hablan del Reino de Dios en cuanto éste está activo ya en el mundo, de su presencia y de sus dinamismos de acción. Hablan de la soberanía de Dios como aquella pequeña semilla ya sembrada, escondida y fecunda, que da fruto más allá de su aparente pérdida en este terreno tan improductivo que es la historia humana. Una fecundidad capaz de hacer de una pequeña semilla un hogar para una multitud de pájaros de todas clases... También hablan de la misericordia de un padre que rehabilita a su hijo contra los dictados de la justicia cotidiana, con una justicia de amor sobreabundante, un Dios que se hace extranjero pudiendo habitar en los corazones que parecían no aptos como los de los samaritanos, o de la locura de un Dios pastor que no soporta la pérdida de una de sus ovejas y parece abandonar las otras para buscarla...
No basta, por tanto, escuchar para entender, dejarse llevar, abrirse a lo nuevo. Será necesario igualmente confiar en las acciones de Jesús, extrañas, provocativas, sorprendentes..., que, sin embargo, hacen intuir a los sencillos de corazón la buena noticia esperada. Veremos más adelante cuáles son estas acciones. Aparece claro entonces que la comprensión de las parábolas exige la fe en Jesús y no sólo en Dios, exige creer que su palabra da acceso al misterio de gracia de Dios que ahora se abre para el que tenga ojos para ver, para el que tenga un corazón limpio para escuchar y una voluntad firme para decidirse por ella.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)

JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 9


9. ¿LAS BIENAVENTURANZAS DE JESÚS SON UNA BUENA NOTICIA O UNA BROMA DE MAL GUSTO?

En varios momentos Jesús lanzó una especie de proclama de la exuberante alegría que produce el Reino: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis”. Alguna vez el corazón de Jesús se llenó de una alegría desbordante que manifestó en palabras de alabanza al Padre, en una oración sin rastro de queja, dolor, súplica... sólo inundada por el acontecimiento de la soberanía de Dios acogida por los pequeños (Mt 11,25-30). De la misma manera aquí, en estas extrañas palabras, Jesús ofreció esa alegría vivida como alegría común, para todos. Esto son las bienaventuranzas (Lc 6,20-23; Mt 5,1-12).
La parábola de la semilla de mostaza (Mc 4,30-32) podría ayudar a percibir el sentido de las bienaventuranzas. Jesús parece ver la semilla del Reino, que apenas tiene fuerza para crecer, convertida ya en un árbol frondoso donde son recogidos los hijos de Dios, en especial los más débiles y oprimidos. Presente y futuro se funden en esta proclamación.
Pero para que esto sea perceptible, Jesús va a realizar pequeños gestos donde, frente a la aparente negación actual de su verdad, pueda verse la semilla del Reino en su futuro glorioso. Son estos gestos de Jesús los que hacen reales las bienaventuranzas: cuando uno se sentía inmerecida y gratuitamente por Jesús, cuando alguien sentía que a su lado recobraba la dignidad perdida o robada, cuando los excluidos encontraban sitio en su mesa, cuando alguien era liberado del peso de sus dolencias por una curación o al contacto con Jesús era definido como puro para el trato con Dios y con los otros pese a su situación física o moral... entonces éstos sabían que habían sido injertados en el tronco de la vida feliz, de la bienaventuranza de Dios. Los otros, los que no participaron de estos gestos o no los recibían con fe, no podían entender y quizá las bienaventuranzas les sonaran a una broma de mal gusto de los satisfechos, de aquellos a los que simplemente les va bien en sus tratos con la injusticia (Salmo 123, 3-4) [Como apareció en aquella terrible bienvenida al campo de Auschwitz-Birkenan: 'El trabajo hace libre'].
Cuando Jesús dice 'bienaventurados los pobres, los que lloran, los que tienen hambre...' no está definiendo el actual estado de cosas, como diciendo: '¡qué bien que seáis pobres!' Son bienaventurados porque en la acción de Jesús están siendo hechos partícipes de los bienes de la creación y así saciados, porque en él encuentran abiertas las puertas del consuelo, porque en él son acogidos por aquel rey bueno que esperó siempre Israel (Salmo 72) y que ahora es Dios mismo que en Jesús acoge a su lado a los pequeños para hacerlos sentar a su mesa.
Las bienaventuranzas van entonces a la par que la transformación del mundo, por eso quien no entra en su dinámica, quien no ofrece pan a los pobres, no consuela a los que lloran o levanta la causa de su tristeza, quien no abandona la violencia, quien no vive la misericordia... queda fuera del Reino, como hace saber Lucas cuando, después de las bienaventuranzas, sitúa los ayes de Jesús sobre los insensibles (Lc 6,24-26).
Para algunos, las bienaventuranzas no necesitan muchas explicaciones, pues son evidentes al contacto con Jesús que da a luz la alegría en lo profundo de su corazón; para otros, sin embargo, suponen resituarse para participar de esta alegría que trae el Reino que llega. Éstos tendrán que abandonar los juicios inmisericordes, los prejuicios que no dejan al corazón ver con limpieza la novedad de Dios, las injusticias y las violencias que crean llanto... Puede ser entonces que las bienaventuranzas sean piedra de tropiezo para algunos, escándalo porque viven en un mundo que no quieren perder de ninguna manera (Lc 7,22-23).
Sólo una cosa más. Sin la resurrección todo este discurso se agosta bajo el sol de la historia humana. Si Jesús no resucita, sus gestos quedarán sepultados con su mismo cuerpo. Si él mismo no es acogido en la eternidad viva de Dios, sus bienaventuranzas mueren como brotes de almendro que se hacen infecundos por la helada. Las bienaventuranzas son tatuajes gestuales del cuerpo de Jesús que mueren o viven con él. Son gestos que adelanten un futuro que, si no existe, hace que las palabras pierdan su verdad por ilusionantes que fueran. Por eso es en su resurrección donde se convertirán en verdaderas definitivamente.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)


JESÚS, EL CRISTO SIEMPRE VIVO... 10


10. ¿VINO JESÚS A DECIRNOS QUE TENÍAMOS QUE AMAR?

Aun a riesgo de contradecir la idea que machaconamente hemos metido en nuestra mente y corazón, tenemos que afirmar que Jesús no vino a decir que teníamos que amarnos. Esto es algo que el pueblo de Dios, y no sólo él, ya sabía. Cuando le preguntan por el mandamiento principal no dice nada nuevo: 'Amarás a Dios, amarás al prójimo' (Mt 22,34-40). Jesús no enseña los mandamientos, no necesita hacerlo porque son sabidos. Él los acepta como forma de vida justa y querida por Dios. Lo más propio de su enseñanza se sitúa en otro lugar. Si nos guiamos por su forma típica de hablar (parábolas y bienaventuranzas), parece que lo definitivo no es la cuestión moral o, dicho de otra manera, lo que el hombre hace, sino la cuestión teológica, es decir, lo que Dios está haciendo. Sólo después de comprender y vivir en el interior de la acción de Dios, el hombre puede preguntarse por su forma de vivir. La cuestión aparece clara en el episodio donde un joven busca a Jesús (Lc 18,18-30). Los mandamientos ya son su forma de vida y ante esto Jesús no tiene nada que decir sino que está bien, y sin embargo algo falta. No se trata de otro mandamiento: “no poseerás nada”, como una lectura superficial daría a entender. Se trata de entrar en el seguimiento de Jesús, donde todo quede definido por lo que Dios mismo está haciendo en él. En este sentido el verdadero mandamiento de Dios es Jesús mismo, su vida. En él se encuentra la forma que Dios quiere dar al hombre y al mundo.
Toda la acción (obras y palabras) de Jesús está encaminada a crear una confianza radical en que el Dios que creó al mundo y lo sostiene (Lc 12,22-34), que guio y alimentó al pueblo en otro tiempo, el Dios que parecía dormido o secuestrado por el poder del mal es Señor de la creación, pastor de su pueblo y está comenzando a mostrarse como rey soberanos que no deja espacio en su Reino a nada que oprima al hombre. Frente a su soberanía, el poder del mal se sabe vencido de antemano (Mt 5,1-8). Se hace relativo el poder del pecado, pues no tiene fuerza para agotar la misericordia de Dios siempre renovada (Lc 19,1-10), se hace relativo el poder de los méritos humanos que nunca pueden dar nada a Dios que Él no haya dado antes y con sobreabundancia. Ahora Dios comienza a hacerse todo en todos los que acepten el reto ante el que les pone la misma vida de Jesús. Ni pobreza ni dolor, ni persecución, ni muerte... pueden separar al hombre de Dios mismo si se entrega con fe a este Dios manifestado en el derroche de amor de Jesús por los caminos de Galilea.
Jesús dedicó su vida entera a descubrir y vivir este y de este amor dado; a mostrar su presencia y aceptarlo con alegría, aun avergonzadamente por inmerecido; a enseñar a dejarse amar por Dios en un mundo donde el pecado nos ha convencido de que hemos de ganar este amor y podemos perderlo.
Sólo quien aprendió esto dejándose habitar entero por el espíritu de Jesús sabría lo que significaba “amaos como yo os he amado” o “amad a vuestro enemigo” (Mt 5,43-48). Por eso sólo es posible vivir estos mandamientos (excesivos, imposibles, absolutamente desmesurados para el hombre) cuando éste se deja habitar por el impulso de vida que acompaña la presencia del reino de Dios. Sin él son palabras vacías. Quien no se deja habitar por la misma vida de Dios que se da a sí mismo, confiado enteramente en ella, sabiendo que todo está ganado de antemano en Él, no puede sufrir el odio de los enemigos sin que éste le contagie, no puede amarlos. Sólo quien ha aprendido a vivir radicalmente del amor dado de Dios, amor inagotable, puede amar más allá de todo mandamiento, puede amar con libertad incluso cuando es apresado bajo las garras de la violencia. Jesús no nos da, por tanto, un mandamiento más, sino que con su misma vida nos da a Dios mismo como manantial inagotable donde el amor verdadero puede nacer.

(Jesús, el Cristo siempre vivo; Francisco García Martínez. CCS)